Tienes un aparato que funciona y te planteas cambiarlo solo para gastar menos luz. Hay que amortizar el precio entero del nuevo.
Consumo de tu aparato actual
Se traduce a kWh sobre un combi de 330 L (230 L de frescos + 100 L de congelador), libre instalación, no frost, 2 puertas. Si el tuyo es bastante más grande o más pequeño, la cifra se mueve: usa la vía de los kWh de la etiqueta.
Consumo de el aparato nuevo
Lo que te va a costar el aparato nuevo. Valor orientativo de mercado: pon el precio real que estés viendo.
Aquí se usa el precio TOTAL de la factura (energía, peajes e impuestos), no solo el término de energía: lo que dejas de pagar al no consumir un kWh es todo eso junto. Media de España en 2025 según Eurostat, redondeada a la baja. Cámbialo por el de tu factura.
Once años es la duración típica de un gran electrodoméstico según la encuesta europea de la OCU. Es el plazo contra el que se juzga si la compra llega a pagarse.
Ahorro al año
No compensa
Tardarías 52,8 años en recuperar el dinero, más de lo que va a durar el aparato nuevo. Por ahorro de luz, no lo cambies.
La cuenta
El balance descuenta el desembolso: mientras sea negativo, todavía no has recuperado lo que pusiste. Consumo de partida estimado entre 150 y 225 kWh/año.
Aquí no hay nada que venderte: la cuenta no respalda el cambio, así que no verás enlaces de compra en esta pantalla. Si el aparato se te rompe y tienes que comprar igualmente, cambia arriba a «Ya lo compro, ¿qué clase?»: esa pregunta sí suele tener respuesta favorable.
Esto es una estimación. Las clases energéticas no son un consumo, son un porcentaje sobre un consumo de referencia que depende del tamaño del aparato, así que traducirlas a kWh exige suponer un aparato tipo (combi de 330 L (230 L de frescos + 100 L de congelador), libre instalación, no frost, 2 puertas); si el tuyo se aparta de ahí, usa los kWh de tu etiqueta. Además, un aparato viejo suele gastar más de lo que decía su etiqueta cuando era nuevo, por juntas gastadas o un compresor cansado, y esa pérdida no se puede calcular: no está en esta cuenta, y juega a favor de cambiarlo.
Este caso
Contexto de esta decisión
La respuesta corta es incómoda: no hay que cambiarla cada tanto, hay que cambiarla cuando se rompa. Y detrás de esa frase hay una cuenta, no una opinión. Los grandes electrodomésticos duran en torno a once o doce años, según la encuesta que la OCU y sus homólogas europeas hicieron a más de 87.000 personas en cinco países. El problema es que amortizar una nevera nueva con el ahorro de luz suele llevar más tiempo que eso, con lo que el aparato se muere antes de haberse pagado y la sustitución programada nunca llega a ser rentable.
El ejemplo de esta página es una nevera de hacia 2015, etiquetada A++ en la escala de entonces: unos 188 kWh al año. Cambiarla por una clase C actual, de unos 144, ahorra 11,37 € anuales. Amortizar 600 € a ese ritmo son 52,8 años. No es que salga justo: es que no sale de ninguna manera, y con una nevera relativamente moderna esa es la situación normal. Cuanto más nueva sea la tuya, más absurda es la cuenta, porque la diferencia de consumo con lo que se vende hoy es cada vez menor.
El punto en el que la cosa se invierte está bastante atrás en el tiempo. Con una nevera de clase B de la escala antigua, del orden de 443 kWh al año, el salto a una clase C actual ahorra 77,88 € y amortiza los 600 € en 7,7 años, dentro de la vida útil del aparato nuevo. Ese es el umbral real: no una edad concreta, sino una clase. Si la tuya es A+ o mejor de la escala vieja, espera. Si es B o peor, o si no tiene etiqueta porque es anterior a 1995, la cuenta ya te respalda.
Lo que sí conviene hacer cada cierto tiempo no es cambiar la nevera, sino vigilar tres señales que anticipan su final y que además explican por qué consume más de lo que decía su etiqueta: que el motor arranque cada poco rato y casi no descanse, que aparezca escarcha donde antes no había, y que las juntas de la puerta hayan perdido tensión y ya no agarren un billete al cerrarla. Las juntas se cambian por poco dinero y recuperan parte del consumo perdido. Las otras dos suelen anunciar que el compresor está de camino a la salida, y entonces la pregunta deja de ser si cambiarla y pasa a ser qué clase comprar.
Qué cambia en tu caso
Matices específicos de este cambio
El umbral no es una edad, es una clase
Preguntar cada cuántos años cambiar la nevera lleva a una respuesta inútil, porque dos neveras de la misma edad pueden consumir muy distinto. La pregunta que sí tiene respuesta es qué clase tiene la tuya en la escala de su época: de A+ para arriba, esperar; de B para abajo, la cuenta cambia de signo.
Once años es una media, no un plazo garantizado
La misma encuesta de la OCU encuentra diferencias grandes entre marcas, con unas rondando los quince años y otras quedándose en seis o siete. Es el número con el que se juzga si una compra llega a pagarse, no una fecha de caducidad que puedas apuntar en el calendario.
Las juntas son la reparación más rentable que existe
Si la goma de la puerta ya no sujeta un billete al cerrar, entra aire caliente todo el día y el compresor trabaja de más. Cambiarla cuesta una fracción de lo que vale una nevera y recupera buena parte del consumo que se ha ido perdiendo con los años. Antes de comparar precios de neveras, comprueba eso.
Cuando se rompe, la pregunta ya es otra
Con la nevera averiada el desembolso está decidido, así que lo único que hay que justificar es el sobreprecio de subir de clase. Ahí pasar de una clase E a una B por unos 180 € más se recupera en 6,3 años, y eso sí sale a cuenta. Es la misma nevera y el mismo día, pero otra cuenta.
El ruido y el espacio son razones válidas, y no son esta cuenta
Cambiar de nevera porque la vieja hace ruido, porque no cabe la compra o porque quieres un congelador más grande son motivos legítimos. Solo conviene no disfrazarlos de ahorro energético: si la decisión ya está tomada por otro motivo, lo útil de esta calculadora es el modo de elegir clase.
Preguntas frecuentes
Preguntas sobre este caso
¿Cada cuánto hay que cambiar la nevera?
Cuando deje de funcionar, no cada cierto número de años. Duran once o doce de media según la encuesta europea de la OCU, y amortizar una nueva solo con el ahorro de luz suele llevar más que eso: cambiar una A++ de 2015 por una clase C actual tarda 52,8 años en pagarse. La sustitución programada por eficiencia no sale a cuenta.
¿Cuántos años dura un frigorífico?
En torno a once o doce años de media, con variaciones grandes entre marcas: la encuesta de la OCU a más de 87.000 personas en cinco países europeos encuentra modelos que llegan a quince y otros que no pasan de seis o siete. Es una media para hacer cuentas, no una fecha de caducidad.
¿Cuándo sí compensa cambiar la nevera por consumo?
Cuando es de clase B o peor de la escala antigua, o anterior a 1995 y sin etiqueta. Desde una clase B, de unos 443 kWh al año, el salto a una clase C actual ahorra 77,88 € y amortiza 600 € en 7,7 años, dentro de la vida del aparato nuevo. Con una A+ o mejor, la cuenta no sale.
¿Cómo sé si mi nevera está gastando más de lo normal?
Por tres señales. Que el motor arranque cada poco y apenas descanse, que aparezca escarcha donde antes no había, y que la junta de la puerta ya no sujete un billete al cerrarla. La última se arregla barato y recupera consumo; las otras dos suelen anunciar que al compresor le queda poco.
¿Es mejor esperar a que se rompa la nevera?
Casi siempre sí, si funciona bien. Mientras siga enfriando, el ahorro de una nueva no cubre su precio antes de que esta se agote. Y cuando por fin se rompa, el dinero ya está comprometido y la decisión útil pasa a ser qué clase comprar: subir de una E a una B por 180 € más se recupera en 6,3 años.